Continúa de: UNA AUTOBIOGRAFÍA DE ALMA REED: LAS VEREDAS Y EL BOSQUE

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Alma Sullivan –que ese era su verdadero nombre– estaba convencida que por parte de padre provenía de una estirpe de poetas irlandeses que le legaron la tendencia a defender las “causas antipopulares”. Asimismo conjeturaba que por el lado materno era descendiente de una larga lista de patriotas revolucionarios de Virginia, quienes declararon la Independencia de Mecklenburg en Kentucky en 1775 y fueron convencidos abolicionistas, y a quienes les debía una demanda casi fisiológica de su existencia: “la urgencia por remediar los abusos”. Algunos niños viven en un mundo en el cual habitan más muertos que vivos: los ancestros y los héroes con que se inflama el patriotismo. Alma, integrante de una familia de siete hijos radicada en San Francisco, creció con las imágenes de los héroes de la Independencia norteamericana y sus hazañas. Con este temple inició su carrera periodística en San Francisco y llegó a tener una columna diaria que firmaba bajo un seudónimo encantador: Goodfellow (buen amigo, camarada). En esta columna se describían las carencias y el desamparo en que vivían las familias pobres de la ciudad. Alma se había ajustado a una rutina: asistir todos los miércoles a la cárcel de San Quintín. Por su interés en las reformas penales en la prisión se le empezó a llamar “la rosa de la crujía de los asesinos”. El 19 de junio de 1921 la joven periodista se enteró de que se corrían las invitaciones para la ejecución de un adolescente de origen mexicano, Simón Ruiz. Este muchachito que no hablaba inglés y no dispuso de una defensa legal justa había sido condenado a muerte porque al defenderse de unas ofensas –entre otras cosas lo habían llamado greser– había dado muerte a su agresor. Alma adoptó la causa y se propuso impulsar la modificación de la ley de muerte para elevar la edad de su aplicación. El periódico San Francisco Call le dio carta blanca a su colaboradora para narrar la historia e iniciar su cruzada. Los desafíos estimularon a la emocionada periodista quien llegó hasta Sacramento en busca de la modificación legal que pretendía, esto tras haber conseguido el aplazamiento de la ejecución de Simón Ruiz. El día de la votación Alma llegó a la conclusión de que el inminente empate de los legisladores sería resuelto por el voto del presidente de la asamblea, quien se inclinaría por la negativa a las reformas. Desolada, la promotora del debate se sumió en un profundo llanto a las afueras del augusto recinto legislativo. La escena conmovió a un legislador que tras votar se encontró a Alma sollozando y le prometió solucionar su tristeza: volvió a la sesión y cambió el sentido de su voto logrando de esa manera el triunfo de la escritora conocida como Goodfellow. Este pasaje la hizo una celebridad en México dio lugar a que el gobierno del presidente Álvaro Obregón la invitara a conocer el país.

Su visita al México de entonces tuvo efectos hechiceros sobre la linda periodista. Hospedada en el legendario Hotel Regis que el terremoto de 1985 destruyó, era atendida como toda una notoriedad: recibía ramos de flores, invitaciones de la familia presidencial, de los secretarios de Estado y otros personajes distinguidos del momento. Conoció a Vasconcelos y tuvo su primer encuentro con los muralistas mexicanos. Aquella mujer inclinada por las causas de los más débiles debió haber encontrado un México fascinante en los murales que exaltaban la redención de los oprimidos y el triunfo de un nuevo orden. No menos impresionante debió haber sido el apreciar la gesta educativa que estaba emprendiendo ese mexicano de excepción que fue José Vasconcelos. De regreso a los Estados Unidos Alma trabaja para el Times de Nueva York y le propone a su editor realizar una serie de reportajes sobre la civilización maya y el gobierno revolucionario de Felipe Carrillo Puerto, del que se tenían extravagantes noticias. Al editor le pareció una combinación extraña: “¿arqueología y amor libre?”, se preguntó asombrado uno de los editores del Sunday Magazine, el suplemento semanal del poderoso Times. Este pasaje es consignado por la autora y no deja provocar cierta turbación. El gobierno de Carrillo Puerto promovía en forma pionera en toda América Latina el control de la natalidad y estimulaba la participación de las mujeres en la vida activa, pero aseverar que fomentaba algunas maneras de “amor libre” parece un exceso. La guapa periodista vendría a Yucatán con la expedición de el Instituto Carnegie. Se debe aclarar que Alma había vivido la experiencia de un matrimonio disuelto. En 1915 Alma se había casado con Samuel Payne Reed, hombre que era tres veces más grande que ella. Este matrimonio posee el misterio digno de su protagonista: para algunos Ama se divorció de su marido porque éste contrajo una “enfermedad crónica”. Esta afirmación es refutada con tino pues el carácter de Alma no podía ser consecuente con el abandono a la hora de la desgracia. Otra hipótesis asevera que el señor Reed le era infiel con una íntima amiga. Pero aun así Alma le gustó el nombre Reed y así firmaba su columna en el Sunday Magazine: “Alma Reed Reports”, En el barco que traía a los miembros del Instituto Carnegie y a la linda periodista Reed conoció ésta el primer sobrenombre de otros tantos que oiría, de Felipe Carrillo Puerto “El Dragón Rojo con Ojos de Jade”. Sin embargo, al verlo por primera vez, Alma no dudó en confesar lo que le parecía: “La encarnación de un Dios Griego”. Felipe era un hombre apuesto, aun ya en las inmediaciones de los cincuenta años. Ella, basta ver las fotografías, era linda: dueña de un rostro redondo, de unos ojos claros y dulces y de la frescura que nunca la abandonó. Resultaba inminentemente atractiva para cualquier hombre. Una gracia adicional: en el momento del encuentro Alma tenía veintisiete años. Felipe Carrillo Puerto apenas si tuvo que cortejarla: ella, por sí misma, se había enamorado del líder que se había propuesto la hazaña de redimir a los indígenas y de crear una sociedad nueva en el territorio que fuera asiento de una de las civilizaciones más asombrosas de América.

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