Concha acústica del parque de las Américas: Manuel Amábilis Domínguez

ARQUITECTO Y PENSADOR YUCATECO DEL SIGLO XX

Sin duda alguna, el arquitecto yucateco Manuel Amábilis Domínguez merece hoy un lugar muy relevante dentro del grupo de autores del amplio y variado patrimonio cultural mexicano del siglo XX; pues su pensamiento idealista y profundamente nacional nos legó en sus obras escritas y construidas un testimonio único del proceso postrevolucionario de México, y particularmente en Yucatán.

Manuel Amábilis Domínguez nació en Mérida, Yucatán, el 21 de septiembre de 1889 y a la edad de veinte años, en 1909, viaja a Francia para ingresar a la Ecole Spéciale d Architecture de París. Ahí adquiere una sólida formación académica y se gradúa exitosamente el 15 de octubre de 1912. No hay datos precisos de su regreso a México y a Yucatán, pero hacia 1915 ya se encontraba en Mérida remodelando el viejo Palacio Episcopal (contiguo a la Catedral de Mérida, frente a la plaza de la independencia), para convertirlo en el “Ateneo Peninsular” por órdenes del primer gobernador revolucionarios, el general Salvador Alvarado. De acuerdo con juicios del arquitecto Arcel Espadas Medina, esta importante obra significó la ruptura brutal entre el poder civil y el eclesiástico, pues no solamente se cambió la vieja fachada colonial del Palacio por un eclecticismo-académico notable, sino que se transformó la concepción general del edificio al independizarlo radicalmente del templo mediante una cale a cubierto, que se conoció como Pasaje de la Revolución, y la creación de un segundo patio en la parte posterior del edificio.

El pasaje contaba con sendos arcos de acceso en los extremos, y estuvo cubierto por una estructura metálica con cristales, muy al estilo de las construcciones para las ferias mundiales de finales del siglo XIX. En esos sus primeros años de trabajo en Yucatán, Manuel Amábilis diseñó y edificó también una casa habitación que asta hoy existe un predio No. 458 de la calle 59 con un afrancesado y recargado ecleticismo ornamental. Sin embargo, quizá influido por un efervescente nacionalismo revolucionario, ese su inicial academismo afrancesado, pronto se convertiría en un sensible y significativo nacionalismo neomaya como el que plasmó en la desaparecida fachada de una logia masónica en lo que fuera el viejo templo “dulce nombre de Jesús”.

Mas adelante, al finalizar ya la segunda década, podemos encontrar referencias hemerográficas que mencionan al arquitecto Manuel Amábilis como director de la construcción del conjunto hospitalario de la beneficencia Española, el cual es conocido desde entonces como la Quinta de salud “La Ibérica”. Esta fue inaugurada el 12 de octubre de 1918 y al parecer la participación del arquitecto Amábilis fue primordialmente técnica y sin intervenir en el diseño de fachadas, cuyo carácter es austero y predominante neocolonial, como el de la portada principal que fue diseñada por un ingeniero de apellido Ayuso.

Sin embrago, simultáneamente Amábilis trabajó con otro ingeniero llamado Gregory Webb, en el diseño y construcción del Sanatorio Rendón Peniche, el cual fue creado para dar atención médica a los trabajadores de los ferrocarriles del Sureste y se inauguró hacia 1919. Sus fachadas si fueron diseñadas por Amábilis en su distintivo estilo neomaya; y aunque la concepción general del conjunto corresponde ya al moderno funcionalismo de la época, tanto en su distribución, como en sus características constructivas; por otro lado, su expresión formal, proporciones y composición ornamental corresponden aún al eclecticísmo que Amábilis aprendió en la academia de parís. Quizá podríamos explicarnos estas contradicciones y entender su profunda preocupación por rescatar las raíces indígenas de nuestra cultura al revisar los textos que publicó Amábilis en 1923 en un libro titulado “Dónde”.

Ahí lamenta que “…desde la Conquista hasta nuestros días, los destinos del pueblo mexicano han estado dirigidos por las actividades y conceptos, teorías y doctrinas, prejuicios y errores de los europeos; en la etapa de la colonia por medio de los españoles, y en la independencia, por los mexicanos europeizados que siempre han predominado en nuestras clases dirigentes. Lo característico de esta dirección ha sido la imposición de una cultura y los ideales europeos, con la consiguiente destrucción material y espiritual de todo lo autóctono”; y a partir de ese sentimiento desarrolla poéticamente una serie de idealismos respecto a lo que considera que debería ser la creación artística moderna de México. Desde entonces Amábilis denota una gran preocupación teórica que desarrolla ampliamente en el ámbito académico; que profundiza exitosamente en sus estudios sobre la arquitectura prehispánica y que pone, congruentemente, en práctica en todas sus obras arquitectónicas.

Tenemos referentes de su trayectoria académica que se inicia en 1922 en Yucatán, cuando por iniciativa del entonces Ministro de educación, José Vasconcelos, el gobernador Felipe Carrillo Puerto funda la universidad Nacional del Sureste. En ese momento Manuel Amábilis fue nombrado director de la Escuela de ingeniería, donde su permanencia fue al parecer efímera ya que unos años después, habiendo sido asesinado Carrillo Puerto, se le encuentra dictando la cátedra de teoría en la Escuela Nacional de Arquitectura en la Ciudad de México.

En 1926, un proyecto neomayista de Amábilis gana el concurso nacional para el pabellón de México en Sevilla, para la Exposición iberoamericana de 1929, por lo que se traslada a sevilla dejando su cátedra de teoría en manos de José Villagrán García. Ademas de su participación como catedrático universitario, Amábilis realizó diversos y profundos estudios sobre la arquitectura prehispánica, tratando de aplicar los principios de proporción clásicos. Uno de esos estudios : “La arquitectura precolombina en México”, fue premiado en 1929 por la real academia de Bellas Artes, después de compartir honores con el también arquitecto Ignacio Marquina, quien finalmente obtuvo el segundo lugar con su “estudio comparativo de los monumentos arqueológicos de México”. Otras de las publicaciones más importantes de Manuel Amábilis fueron: “El Pabellón de México en la Exposición iberoamericana de Sevilla”; “Mística de la Revolución Mexicana”;  “La Arquitectura Precolombina en México”; y “Los Atalantes de Yucatán”. Es importante mencionar también la charla que ofreciera Amábilis. El 9 de noviembre de 1933 ante la Sociedad de Arquitectos Mexicanos en la Ciudad de México(publicada un año más tarde por dicha Sociedad), ya que en ella efectúa una interesante disertación sobre el avance del funcionalismo en la arquitectura nacional y su alejamiento del espíritu autóctono y de la naturaleza.

Continuando con la trayectoria arquitectónica de Manuel Amábilis encontramos algunos vacíos importantes en los años treinta, ya que después de construir el pabellón de sevilla, son pocas las obras que se han identificado como suyas. El investigador Juan Antonio Siller registra sin precisión varios monumentos, fuentes y casas en las ciudades de México y Mérida durante esa década, estando sólo confirmados el diseño y construcción de la tristemente desaparecida casa habitación ubicada en el predio No.138 de las calles de Campeche en la ciudad de México. Su propietario fue el Sr. Negib Simón, distinguido yucateco quien en 1922 fuera nombrado primer Secretario de la Universidad Nacional del Sureste al tiempo que Amábilis fue director de ingeniería. Existen otros referentes de obras Amábilis en esos años, como el también desaparecido centro nocturno “Teoclli Super Club” en al Ciudad de México, y la escuela Socialista Belisario Domínguez en Chetumal, Quinta Roo (1936-38). En esta última obra colaboró con el escultor colombiano Rómulo Rozo a quien conociera en su estancia en Sevilla y con el que compartiría posteriormente otras obras entre las que se destacan: la fachada del diario del Sureste y el Monumento a la Patria, ambos en la Ciudad de Mérida. Por cierto que este último fue proyectado originalmente por Amábilis en 1945 para ubicarse en otra glorieta distinta a la que ocupa hoy, a más de que su diseño contemplaba paredes lisas y elementos más simples que finalmente Rozo ejecutó con maestría en el monumento actual. Existe cierta controversia al respecto de esta obra como puede leerse en un escrito que Ámabilis remitiera al Diario de Yucatán y que fue publicado el 26 de febrero de 1956.

Ya por los años cuarenta Manuel Amábilis se encuentra en Mérida de nuevo y se integra a él su hijo Max, también arquitecto, con el que ejecutara sus ultimas obras: El Parque de las Américas; el “Centro Escolar Carrillo Puerto” y la estación de gasolina y servicio “Unión de Camioneros de Yucatán”. En las tres desarrolla plenamente sus conocimientos teóricos, históricos y técnicos, logrando una expresión moderna y definitivamente regional. Un fino Art Decó nomaya compone los elementos, edificios y espacios del “Parque de las Américas ” donde un contradictorio academisísmo ortodoxo ordena a través de los espacios abiertos, una fuente monumental de exuberantes símbolos y elementos mayas; una funcional biblioteca pública ; y un sorprendente auditorio al aire libre con inspiración en el “juego de pelota” y el “Templo de las mil columnas” de Chichén Itzá. Elegantes bancas en granito negro, arcos mayas estilizados y modernas estelas complementan el conjunto.

En contraste, las otras dos obras representan una apropiación regional del funcionalismo moderno mediante el uso de materiales de la región, combinados con los más avanzados modelos tecnológicos y constructivos. Especialmente, el centro escolar “Felipe Carrillo Puerto” constituyó un ejemplo único en su género, pues además de que en un solo conjunto comprendía un Jardín de niños, una escuela primaria, otra secundaria y al Normal, contó con instalaciones deportivas y culturales complementarias como la anexa Sala de Conciertos “Jacinto Cuevas”. A pesar de la importancia y calidad de  este conjunto, entre 1989 y 1990 las irresponsables autoridades estatales de esa época lo demolieron, a pesar de la oposición manifiesta de instancias como la Universidad Autónoma de Yucatán, el INAH, el INBA y la sociedad civil misma.

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