PRESENTACIÓN DEL LIBRO EL COLUMNISTA

 

Algunos profetas nos anuncian destinos apocalípticos para la prensa escrita. Poco puede hacerse frente a los embates que provienen de distintos frentes, nos dicen  con variados giros y haciendo uso de esa herramienta inventada por el hombre para sustituir la verdad: la estadística.  Reformar el color, los formatos, el contenido y la prosa de poco o  nada puede servir.

 

Si hoy cayera sobre el periodismo escrito un meteorito cuyos efectos fueran  similares a los que produjeron el cráter de Chichulub y derivan en la extinción de los dinosaurios, y el cataclismo diera lugar a una desolación total, el único género que subsistiría sería el de los caricaturistas. ¿Quién puede dudarlo sin en México fueron inmunes hasta al poder omnímodo de la “Presidencia Imperial”? Si tras la catástrofe se hiciera un arca de Noé que recogiera a los sobrevivientes ahí, quizás en el puente del mando, estaría El Columnista con su cara de asombro y sus inmensas manos.

 

Decía André Gide (y aquí me pido la palabra a mi mismo, que con permiso de ustedes me otorgó. Efrén y yo somos ferozmente críticos el uno del otro, ignoro si esto sea la manifestación de una amistad entrañable y genuinamente fraternal, o es tan solo una devoción compartida por la crítica la que nos exige hacernos blanco el uno del otro. Pero he aquí que Efrén me suele reprochar el abuso, que según él hago, de las referencias a ideas ajenas. Involuntariamente, lo confieso públicamente, en la primera parte del texto que tuve el honor de escribir para este libro, recurría a algunos clásicos,  hoy no puedo menos que recriminarle que no me hay consagrado un Columnista que enmiende el título de mi prologo cambiándolo de “Denuncias Públicas” a “Casa de Citas”).

 

Ahora ya de vuelta, evoco a Gide cuando decía que en una frase bella viene habitar un pensamiento todavía más bello. Pero no menos cierto es que en una frase inteligente, irónica, lapidaria, mordaz o llanamente humorística habita la belleza. Y es esa la ardua pretensión que suele cumplir   El Columnista, donde el lenguaje parece privilegiarse al dibujo, aunque ambos hayan creado una suerte de código mixto ya reconocido por millones de mexicanos. Alguna vez le he propuesto a Efrén que le pusiera el nombre a un Columnista y que realizara el dibujo-guardándose él la frase- y pidiera a sus lectores que le enviarán la frase que ellos creían que representaban ambos: el Columnista y el título. Sería extraordinario comprobar que se logra el cometido de que El

Columnista seamos todos.  Con frecuencia dicen los entendidos en razones de filología que en la escritura la verdad no es cuestión ética sino de estética; para el caso de la caricatura habría que matizar que la verdad no es asunto moral sino de genio e ingenio. El humor mata la verdad, entre otras cosas porque el primero es certero y la segunda incierta.   Pero existe un punto de encuentro: la critica. Una característica de la modernidad es la crítica. Ni en la antigüedad, ni en la Edad Media se realizó con la pasión que hoy se realiza. Es, para eterna sorpresa de algunos, una aportación del cristianismo que inventó el examen de conciencia. Vamos por una sola ruta. Grecia inventó la tragedia en el momento culminante de su civilización. La inventó por su fortaleza: solo de esa manera puede verse la fatalidad inevitable.

La crítica legítima se realiza con una conciencia histórica, y el que dice conciencia histórica dice conciencia de la muerte y esta última equivale a la conciencia de  la fragilidad y la inminencia de la realidad. Es por eso que la crítica contribuye a la salud de un pueblo. Es un acto de trascendencia para la higiene de la sociedad. No entraña un ejercicio de calificación y, sino de análisis y exploración. Las religiones afirman y niegan; sus contrahechuras, las ideologías, hacen exactamente lo mismo; finalmente, desde la Ilustración las segundas se han brindado como sustituta de las primeras.    Cuando la crítica califica sirviendo a una idea o a un interés exhibe al crítico más que al objeto de su trabajo.   La crítica ofrece luz para discernir el camino, no fabrica armas para demoler. De ahí que sea constructiva: crítica que no aporta quedó corta.  Por eso la crítica se vincula a la realidad con puentes no con mísiles. La crítica política es en esencia una crítica moral y por eso suele estar ausente de las revistas especializadas y de las páginas editoriales de los periódicos.  Abunda la denuncia sobre las irregularidades de la administración pública y el debate partidista o ideológico. Escasea el análisis de costumbres y su genealogía, y lo que es más dramático: el esclarecimiento de la manera en que la sociedad  asume el futuro. El periodismo en México jugó un papel trascendente en una época: fue un instrumento de oposición a falta de ésta. Hoy ya no puede permanecer en ese rol, si persiste solo ha de ser por dos motivos: o porque nostalgia del pasado o por criticar a los políticos-como en la fábula de Iriarte- es una forma de querer ser como ellos . Lo que es poco controvertible es que El Columnista tiene más lectores que Enrique Krauze, Lorenzo Meyer, Carlos Fuentes y hasta doña Dense Desceñir con toda su enjundia, si acaso estos últimos se consuelen con saber  que a falta de lectores tendrán legiones de investigadores  que averiguaran el sentido de sus adjetivos y sustantivos, los libros que leyeron, cuántas veces les dio cólico ventoso, cuántas pasmo de costado y hasta si alguna vez tomaron aceite de hígado de bacalao; cierto, alguno de ellos tendrá algún premio . El Columnista tiene el premio en sus seguidores que le rendirán el homenaje de comprar este hermoso libro que hoy se presenta y, según hemos visto, se representa.