LAS DROGAS Y LA INTELIGENCIA

 

Hoy las drogas-marihuana, cocaína, morfina y otras-se encuentran terminantemente proscritas. La legislación no ha eliminado la demanda creciente y el negocio  de clandestino ha derivado en furiosamente criminal. No es sencillo el asunto. El poder del narcotráfico se ha vuelto una amenaza al Estado. La historia no es nueva: la legislación restrictiva crea el clima para la reproducción de estos negocios ilícitos pero millonarios, con un poder de corrupción incontrolable. En su novela El Padrino, Mario Puzo, lo advertía con lucidez. Y es que la prohibición del alcohol en los Estados Unidos ya nos había mostrado una versión actualizada de lo que la legislación había hecho en las colonias  españolas y como los británicos se habían beneficiado con esta situación con la práctica innoble pero altamente redituable de la piratería. Sin embargo en los años veinte la cosa no era tan dramática según la confesión de un personaje asombroso en la historia de México, Salvador Novo. “(Ricardo Alessio Robles) regresó de Europa. Su natural, arrebatadora alegría, se acentuaba ahora por el refinamiento que ahí había contraído: la cocaína -escribe Novo en su autobiografía “Estatua de Sal”-….…..Me apresuré a compartir con
Xavier(Villaurrutia) y Delfino (Ramírez Tovar) mi descubrimiento de un nuevo goce. El recetario a mano de mi tío Manuel me hacía fácil hurtarle una hoja, escribir Rpe. Clorhidrato de cocaína 1 gmo. y un garabato por firma. Cualquier botica surtía la receta a 2.50 pesos el gramo de la más pura cocaína. Aunque empezábamos los toques en algún recinto cerrado, la hiperquinesia nos lanzaba a caminar sin tregua ni fatiga por las calles; a hablar, drenados de toda mezquina necesidad: hambre, sueño”. Novo y Villaurrutia fueron poetas del  grupo de Contemporáneos, el primero fue cronista vitalicio de la ciudad de México en sustitución de don Artemio de Valle Arizpe y en la actualidad una calle de Coyoacan lleva su nombre; uno de los premios más distinguidos de literatura de México lleva el nombre del segundo. Si Novo confesó su biografía- solía decir que él tuvo vida y no biografía a diferencia de Jaime Torres Bodet-, Villaurrutia , en uno de sus versos de Reflejos, alude a la cocaína:

 

-Gocemos , si quieres,

provocando el segundo de muerte

para luego caer-¿en qué cansancio?,

¿en qué dolor?-como en un pozo

sin fin de luz de aurora.

 

Callemos en la noche última;

aguardemos sin despedida:

este polvo blanco

-de luna ¡ claro!-

nos vuelve románticos.

 

No solo Novo y Villaurrutia encontraron en la droga una fuente de vitalidad real, y así lo confesaron, otro tanto hicieron Rivera y Sequeiros. Cuando los pintores tomaron el legendario Colegio de San Ildefonso, en los tiempos del “renacimiento vasconceliano”,   el ocurrente Diego Rivera hablaba de lo excepcional del arte de los toltecas y asumía que estos lograban los prodigios en la pintura y la escultura porque trabajaban bajos los efectos de la marihuana, por lo tanto proponía imitarlos. Al respecto nos dice David Alfaro Sequeiros: “El catolicón Jean Charlot, con su aire de seminarista cachondo; Ramón Alva de la Canal, con sus ojos verdes y su aspecto de gachupín derrotado; el auténticamente hispano Emilio García Cabrero, siempre orgulloso de la obra de los conquistadores y defensor hasta la pelea de Hernán Cortés; el misterioso azteca puro transformado en tarahumara por obra de la influencia geográfica, Xavier Guerrero; el satiricón Fernando Leal, siempre dispuesto a corregir los errores de dicción y gramaticales con crueldad de cuchillo; el impetuoso Fermín Revueltas, con sus inmensos ojos de mujer hermosa y José Clemente Orozco, siempre colocándose en una actitud de defensiva para el asalto , con sus ojos de búho , y yo, casi a coro dijimos ¿Nooo….noooo?, pro con un no crédulo en el fondo ”. Y así prosigue Sequeiros: “No hubo discusión. Positivamente emocionados y con la mirada puesta en el futuro glorioso que ya se veía delante de nosotros, aprobamos fumar la marihuana para llegar así a la excelsitud de los plásticos de la antigüedad pregachupina de México. El único que no concurrió fue José Clemente Orozco, pero éste se adhirió más tarde con una carta, en la que decía más o menos lo siguiente: Por principio, toda proposición del farolón Rivera debería ser desechada, pero en este caso, como sucede con la adhesión o no a una religión que garantice la posibilidad del paraíso en el más allá, en caso de confesión pre-mortum, yo me adhiero a la experiencia por las dudas ”. Finalmente los inquietos creadores decidieron contratar a un personaje experto en el consumo de la marihuana y se dieron a la tarea de iniciar sus tentativas. Revueltas, durante estas clases, propuso que se les enviara unos telegramas al presidente de la República y a las otras autoridades para que se decretara el saludable consumo de la marihuana. Así se hizo, inclusive con términos enérgicos. Las clases continuaron y sus efectos se dejaron sentir: Francisco Reyes Pérez, ayudante de Sequeiros, desoyendo los consejos del maestro Chema- que así le decían al catedrático de la mota- no solo a fumar la marihuana sino a hacerla en té, pulverizarla en bollos y todo ellos bien mezclado con una variada gama de aguardiente. Estos experimentos dieron como consecuencia que un mal día se metiera al museo de Antropología e Historia , en la calle de Moneda, se vistiera con el hábito de Fray Bartolomé de las Casas, para tomar después la espada de Pedro de Alvarado para irse en contra de los mozos y los administradores del instituto. Pasó unos días en la cárcel de El Carmen para derivar en el manicomio donde trascurrió el resto de su vida , según él, pintando las mejores obras de arte que se han pitado en México. La otra consecuencia fue que tras unos toques a la marihuana Sequeiros y su ayudante, Roberto Reyes Pérez, se dejaron caer estrepitosamente de un andamio de siete metros de altura. Este dramático hecho sucedió mientras pintaban el Dioses Caídos en el llamado Colegio Chico de San Ildefonso. La propuesta de Rivera, las adhesiones eufóricas, los telegramas al presidente y otros funcionarios, se fueran a los mismos sitios: el manicomio y la enfermería, con un breve escala en la prisión.