AQUEL SEÑOR JUAN RULFO

En el espíritu humano hay una tensión permanente entre memoria e imaginación; y entre lógica o razón y fantasía. Por siglos se ha pretendido que la memoria subyugue a la imaginación y que la razón domine a la fantasía. Resultado: cofradías de infelices. El terror moderno es hijo de la razón : para Robespierre la guillotina era resultado de la aplicación de un silogismo. Para vivir se requiere mucha fantasía y dosis rebosantes de imaginación, ambas son surtidoras de placidez y plenitud. Y más se puede decir: el filósofo alemán Shopenhauer sostenía que la realidad es transformada por la mente de cada hombre y en ese sentido se multiplica . La realidad no existe , solo prevalecen las conjeturas individuales.  Un mexicano multicitado , que en vida fue llamado Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno , le reveló al mundo un misterio : nuestra vida se realiza entre muertos. Estudiamos a muertos, invocamos a muertos, imitamos a muertos, hablamos con los muertos y nuestro único destino final es la patria de los muertos. Los instrumentos que utilizó aquel señor Rulfo fueron la lengua castellana y la fantasía combinada con imaginación. Quizás ese fue el gran acierto de Rulfo: lograr hablarle a esa parte de nosotros que solo entiende de fantasía y que la necesita con avidez porque ni el amor es lógico, ni el placer, ni los sueños, ni las esperanzas. La eficiencia de don Juan Rulfo es única en la historia de la literatura. Hace años Michel Antonchiw, que lo trató mucho, me contó que Rulfo bebía mucho y que era muy pobre; retraído, separado de todos, empezaba a fantasear y así escribió ese portento que es Pedro Páramo. “No volverá a escribir nada, ya no toma”, me dijo Michel. Pero García Ponce pensaba que con esa obra bastaba.    Siempre me pregunto cuándo las escuelas abandonaran su obsesión racionalista y empezaran atender la fantasía. Cuando eso suceda el cuento de Rulfo será un libro de texto. Estoy seguro que si los estudiantes leyeran más poesía y más literatura fantástica tendrían carreras más productivas y los políticos serían mejores. Hace unos días se conmemoró el centenario del natalicio de ese señor Rulfo que tanto ha hecho por nosotros. Se ha escrito más de él que lo que él mismo escribió. Pero lo seguimos viendo ajeno, solo como un tal señor Rulfo.